Cuidar también es transformar. Y llevo años aprendiendo eso.

Llevo años trabajando en emprendimiento y desarrollo rural. Recorro territorios, diseño proyectos, acompaño a personas que quieren cambiar algo. Pero hay una parte de ese trabajo que no suelo contar. Y que quizás dice más de mí que todo lo demás.

En 2020, gané una licitación del Ayuntamiento de Cáceres para empoderar a las empleadas del hogar y de los cuidados de la ciudad. Fui a por ella pensando que sabía de qué iba el asunto. Me equivoqué.

Lo que encontré fue otra cosa.

Mujeres sin papeles que se apoyaban entre ellas porque no tenían a nadie más. Cuidadoras que dejaban la piel cuidando a personas mayores en casas ajenas, solas, sin red, sin protección. Mujeres que trabajaban de noche en el campo, en situaciones de una vulnerabilidad que te parte. Y todo esto en plena pandemia, cuando el mundo estaba parado y ellas seguían, porque alguien tenía que hacerlo. Españolas que lo hacían por vocación pura, con sueldos que no les llegaban. Y todas, sin excepción, queriendo crecer a pesar de todo.

Me senté con ellas. Las escuché. Y aprendí más en esos cinco meses que en muchos años de consultoría.

Los cuidados no son un sector. Son la base sobre la que se sostiene todo lo demás. Y las personas que los proveen — casi siempre mujeres, muchas veces invisibles — merecen algo más que un proyecto puntual y una foto final.

Eso se me quedó dentro. Y no se ha ido.

Cinco años después, estoy en la Sierra de las Nieves. Ocho municipios en la comarca de Málaga, en pleno Parque Nacional, con toda la belleza y toda la dureza que eso implica. Un proyecto financiado por el Ministerio de Derechos Sociales para construir un modelo comunitario de cuidados en el mundo rural.

Si Cáceres me enseñó, la Sierra de las Nieves me apasiona.

Porque la ruralidad me preocupa en todos sus aspectos. El despoblamiento, la falta de servicios, el envejecimiento, la distancia. Pero sobre todo me preocupa lo que no se ve: las mujeres que llevan décadas sosteniendo familias enteras, pueblos enteros, sin que nadie lo llame trabajo. Sin que nadie lo llame política pública. Sin que nadie lo llame lo que es.

Yo no vengo a resolver eso. Vengo a acompañarlo, a darle forma, a construir con las personas que lo viven algo que tenga sentido más allá del proyecto. Porque los territorios no se transforman con informes. Se transforman cuando la gente que los habita encuentra su propia voz.

Eso es lo que intento hacer. En Cáceres lo aprendí. En la Sierra de las Nieves lo vivo.